jueves, 30 de octubre de 2014

 

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José Álvarez Icaza: Defensor de la vida

La noticia recibida desde México me deja perplejo. Lo conocí en su México querido en 1974. Yo era un recién llegado como profesor visitante a la Comunidad Teológica de México. Si mal no recuerda fue en una velada una de aquellas noches mexicanas donde coincidimos con varios amigos. Conversamos de los más variados temas, pero siempre lo político y lo ético, referido a la defensa de los derechos humanos, se convertían en temas urgentes. Impresionaba, además, su capacidad analítica, incisiva, clara, y muy honesta. La política era importante, pero en función de un proyecto humano que promoviera la vida, la libertad y la paz con justicia.

Carmelo Alvarez
Chicago, lunes, 6 de diciembre de 2010


Otro aspecto fascinante en las conversaciones con Pepe era ese humor fino, pero muy jocoso y ameno. Enseñaba a través de sus incontables experiencias de todo tipo. Así incluía su propio peregrinaje en la fe y como fue forjando su pensamiento político y teológico, producto de su sinceridad y aplomo. Reconocía sus propios errores con transparencia, pero era implacable ante el engaño y la mentira. Entonces, montado en tribuna desplegaba aquella sabiduría con vehemencia y llamando las cosas por su nombre.
Deseo recalcar brevemente cuatro dimensiones de este mexicano egregio y noble.

Pepe fue un patriota auténtico, fuertemente afincado en su mexicanidad. Pero jamás encerrado en chovinismos enfermizos ni nacionalismos cerrados. Todo lo contario, su mexicanidad era la otra cara de su latinoamericanidad. Pepe vibró con ambas. Con esas dos dimensiones desarrolló su quehacer político y humanitario. Allí donde había que levantar una voz para defender la vida, Pepe se convertía en él portador de la solidaridad americana, en la más auténtica expresión de esas palabras.

Pepe Álvarez sabía ser amigo, y exigía que las demás personas honraran la amistad. La tomaba muy en serio. En momentos cruciales (y créanme que pasamos varios en distintos organismos) Pepe enfrentaba a un amigo para que dijera la verdad y nada más que la verdad, porque al final eso es lo que funda la verdadera amistad. Si él ofendía era el primero en pedir perdón, pero de igualmente esperaba ese comportamiento de sus mejores amigos. Sabía, además, intermediar en conflictos con perspicacia, sutileza y acierto.

Pepe Álvarez Icaza fue un creyente incómodo de su fe cristiana. Me atrevo a escribirlo así porque hablamos mucho de esos temas. Solía emitir juicios cortantes sobre su propia tradición católico-romana frente a sus amigos protestantes y creyentes de su propia tradición cristiana. Sin claudicar ante la autenticidad de una fe liberadora y comprometida con la justicia y la vida. Era un espíritu rebelde y ecuménico. Reciamente formado en una fe inteligente y reflexiva, frente a todo intento de piadosería religiosa barata. Insistió en relacionar la iglesia y la sociedad, y provocar (en el mejor sentido) el compromiso de los y las creyentes por el cambio y la transformación del mundo injusto y desequilibrado.

Pepe Álvarez fue un ciudadano del mundo. Todo lo humano no le era ajeno. Por eso sentía que podía abrazar a la humanidad entera desde su nación y continente. Esa visión, y su alcance, le permitieron alzar su mirada y extenderla para intentar comprender mejor este hogar planetario que nos cobija. Por eso tuvo amigos y amigas en tantos lugares del planeta.

Entonces, afirmado en esta vida tan fecunda y ejemplar, exclamo: ¡Hasta siempre, Pepe!

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