lunes, 20 de octubre de 2014

 

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El turismo también mueve la fe

La fe mueve montañas pero también mueve al turismo.

Susana Barrera
martes, 15 de mayo de 2012

Grandes cantidades de personas de las principales religiones del mundo: cristiana, judía e islámica se concentran en toda época del año en la llamada Tierra Santa, especialmente en la Semana Mayor. Solo Jericó, la tercera ciudad después de Belén y Jerusalén, recibe por año un millón de turistas, mientras El Cristo del Corcovado atrae a miles en Brasil, lo mismo sucede con la Basílica de San Pedro en El Vaticano, la Virgen de Guadalupe en México entre otros.

En otros niveles, los festejos patronales de las ciudades chicas y grandes son oportunidad para hacer del turismo religioso una actividad económica local. En torno a estos folclóricos eventos están las gastronomías típicas, los carnavales, otras costumbres y tradiciones de los lugareños que conviven hilando su identidad. Los turistas y visitantes demandan de hospedaje y de otras actividades propias de los pueblos. Estas celebraciones también son motivo de reencuentro entre quienes se quedaron y los que ya se han ido, y dan lugar a sus remembranzas, es decir la llamada diáspora o nicho melancólico para el turismo, especialmente en Centroamérica.

En El Salvador al menos 262 festejos de esta naturaleza se dan cada año, sin contar las de cantones y colonias, algunos son de mayor convocatoria como la fiestas al Cristo Negro en el turístico Juayúa, en el occidente de país, o las fiestas en honor a la virgen de la Paz en el oriental San Miguel, que conllevan un famoso carnaval, son cortejos que reúnen a miles de salvadoreños dentro y fuera de esta nación centroamericana.

En otras latitudes y más allá de la religiosidad, el interés por fortalecer el espíritu también provoca peregrinaciones de turistas a la India, la tierra de Gandhi y cuna de la espiritualidad, en contraste con El Salvador, donde el mártir Oscar Arnulfo Romero, obispo católico defensor de derechos humanos asesinado en 1980, por más de treinta años ha convocado a millares de creyentes y no creyentes que tienen avidez por conocer su testimonio en torno a su vida y muerte. Este peregrinaje ha generado comercialización de suvenires, libros y música, entre otras, y recientemente hasta su propia ruta.

Fe, religiosidad o espiritualidad también son fuerzas que mueven al turismo, el desafío es ofrecer un producto turístico que contribuya a la reflexión y al respeto de las diferencias.

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